Ya desde la época de la Odisea de Homero (700 a. de C.), se menciona el uso de fuegos para advertir de peligros a los navegantes nocturnos. Pero desde que se encendieron estos precarios Faros, se ha intentado mejorar el poder de su luz para que pudiera ser vista desde grandes distancias.

Los primeros Faros registrados fueron construidos por los griegos en los siglos V y VI a. de C., con el propósito de marcar las entradas de puertos como El Pireo.

Los Faros más antiguos de los que se tiene registro eran fuegos de canalizo en las orillas. No eran muy visibles y debían atenderse continuamente. Además, a menudo se los confundía con otras luces, sin mencionar los falsos faros que se encendían para hacer encallar los barcos con el propósito de saquearlos. En un comienzo, estas hogueras no estaban protegidas contra el mal tiempo, pero en algunos Faros se les colocó un tejado y un muro como protección de los elementos. Sin embargo, había problemas con el suministro de la madera, había que mantener el fuego constantemente y a veces la luz era casi imposible de visualizar debido al humo. Además, el fuego podía causar incendios cuando soplaban vientos fuertes.
Con el correr del tiempo, se fue mejorando la fuente de luz de los Faros. Los primeros fuegos fueron reemplazados en el siglo I por velas o lámparas de aceite, utilizadas tanto por los egipcios, como por los griegos y los romanos.

Las velas y las lámparas de aceite fueron una buena alternativa cuando pudieron encerrarse en faroles, pero esto no sucedió hasta que el vidrio estuvo disponible hacia el siglo XIII. Pero hay que tener en cuenta que el vidrio tuvo una transparencia muy pobre hasta el siglo XVIII, y que no era fácil mantenerlo limpio.

Las lámparas de aceite estaban constituidas por una mecha de hilo de lana en un depósito de piedra, arcilla o metal, el cual se llenaba con algún aceite vegetal  o de pescado. Este tipo de lámpara no era muy eficaz pero en 1782, un científico suizo, Aime Argand, inventó una lámpara que iluminaba diez veces más. La lámpara de Argand tenía una mecha en forma de anillo que aumentaba la corriente de aire y por lo tanto ardía con una llama más clara.

Recién en el siglo XIX comenzaron a utilizarse el aceite y el gas en las lámparas. Al mismo tiempo, se crearon estructuras mecánicas para hacer destellar la luz de las lámparas.
Las lámparas de sebo y de cera fueron muy eficaces cuando se las utilizaba en combinación con un reflector. A mediados del siglo XVI, comenzaron a usarse unos reflectores de metal sencillos (Gollenberg, 1532) y si se necesitaba una fuente de luz más potente se prendían candelabros con muchas lámparas.